BRASIL - URUGUAY EN 1950. EL MARACANAZO

Brasil se había plantado en el partido decisivo de “su” Mundial casi sin despeinarse. Uruguay, que sólo había jugado tres partidos antes de enfrentarse a Brasil, parecía la víctima de una nueva goleada de los brasileños. El Mundial se disputó mediante dos liguillas, sin eliminatorias directas ni partido final. En aquella época, además, hay que recordar que la victoria se premiaba con dos puntos, por lo que la competición resultó muy igualada hasta el final. En la primera fase, los treces países participantes se dividieron en cuatro grupos, los dos primeros de cuatro equipos cada uno, el tercero de tres selecciones, y el cuarto sólo compuesto por Uruguay y Bolivia.
Brasil se había medido a México, Suiza y Yugoslavia en la liguilla inicial. A los aztecas les derrotó por un contundente 4-0 en el partido inaugural del torneo, el día 24 de Junio en Maracaná. Los suizos resultaron más complicados de lo esperado, y el partido, jugado en el Pacaembú de Sao Paulo, se saldó con un empate a dos. De vuelta en Maracaná, Brasil se deshizo con un 2-0 de Yugoslavia, que llegaba como líder del grupo con dos victorias por 3-0 y 4-1 a Suiza y México, respectivamente. Los goles de Ademir y Zizinho pusieron a Brasil con cinco puntos, superando los cuatro de los balcánicos, y clasificando a los sudamericanos para la fase final.
El camino de Uruguay fue mucho más simple. Su grupo lo completaba Bolivia, por lo que el vencedor del único partido sería el clasificado para la liguilla definitiva. Uruguay, Campeón del Mundo veinte años antes en su propio país, todavía seguía siendo una potencia, y pasó por encima de los bolivianos con un inapelable 8-0.
Los clasificados de los otros dos grupos eran España, que llegaba invicta e imbatida al grupo final tras derrotar a EE.UU., Chile e Inglaterra por 3-0, 2-0 y 1-0 respectivamente, y que a la postre completaría su mejor clasificación en un Mundial, consiguiendo el cuarto puesto, y Suecia, que se había impuesto a Italia por 3-2, y había empatado con Paraguay a dos goles. Por tanto, Brasil, España, Suecia y Uruguay iban a disputarse en una liguilla el cetro mundial del fútbol.
En la primera jornada, Brasil arrasó a Suecia por 7-1, con cuatro goles de Ademir. Uruguay y España empataban a dos goles, en un partido que la selección española estuvo a punto de ganar. El “Negro” Varela, uno de los hombres más carismáticos de aquel Uruguay, lo impidió a falta de diez minutos. Brasil había tomado ventaja, y en la segunda jornada se enfrentaría a España. Uruguay sufrió para derrotar a Suecia, que se había adelantado por dos veces en el marcador. Finalmente, Míguez empató a dos a falta de doce minutos, y el mismo jugador charrúa conseguía el 3-2 en el minuto ochenta y cinco. En el otro partido, España cayó por primera vez en todo el torneo, y lo hizo de forma estrepitosa, frente a un equipo brasileño que no tuvo piedad. 6-1. El resultado fue un duro varapalo para los hombres entrenados por Guillermo Eizaguirre, que en el tercer partido cayeron de nuevo, esta vez ante Suecia, por 3-1, con lo que se quedaba irremediablemente abocado a la cuarta posición. Los nórdicos, con tres puntos, conseguían la tercera plaza, pero ya no podrían alcanzar a Uruguay, que aunque tenía los mismos puntos les había derrotado en su enfrentamiento, ni por supuesto a Brasil, que tenía 4 puntos. Cariocas y charrúas se jugaban la Copa Jules Rimet en el partido soñado por todos los brasileños.

Lo curioso del caso es que un empate hubiese dado el triunfo final a Brasil. Quizás hubiese sido lo más anecdótico, que el Campeón lo hubiese sido sin ganar el partido final. Pero el sistema de competición así lo establecía, y sólo la derrota, impensable por nadie en todo Brasil, privaría al equipo local de llevarse el trofeo.
El país era una fiesta, hubo gente que empeñó sus valores por estar ese 16 de Julio de 1950 en Maracaná. La hinchada brasileña veía a su selección por fin campeona del mundo, después de tres Mundiales en los que no habían tenido un buen papel. Habían llegado al partido final en inmejorables condiciones, invictos, y consiguiendo en los dos últimos partidos sendas goleadas ante Suecia y España. Todo el mundo estaba convencido del triunfo carioca, lo contrario era impensable incluso para los propios dirigentes de la Asociación Uruguaya, que en los minutos previos al partido, dentro del vestuario, le dijeron a sus jugadores que venían a brindarles todo su apoyo y que estaban orgullosos de ellos, pero que no se expusieran a una vergüenza como que los llenaran de goles. Con que sólo les hiciesen cuatro estaba bien, que jugaran tranquilos, que ya habían cumplido. A lo que el capitán, Obdulio Varela, contestó: "Cumplido... sólo si somos campeones". Y ese fue el verdadero secreto del equipo uruguayo, que no se dejó intimidar por la avalancha humana que abarrotó aquella tarde Maracaná, segura de que saldría al final campeona del mundo.
Según se cuenta, en Brasil se habían preparado todo tipo de celebraciones para festejar el título. Se habían confeccionado posters y otros artículos conmemorativos, e incluso se ha llegado a decir que los jugadores brasileños llevaban bajo su camiseta otra con la inscripción “Campeones del Mundo”. Nunca se sabrá si esto es verdad, porque ninguno de ellos enseñó lo que había bajo su camiseta.
El partido iba a dar comienzo a las 15:30 horas, y para las nueve de la mañana las inmediaciones de Maracaná eran ya un hervidero de impacientes hinchas a la espera del comienzo de lo que ellos consideraban el día más glorioso de Brasil. Incluso había mucha gente que había pernoctado en los alrededores del estadio. Oficialmente, fueron 199.854 entradas vendidas, aunque se reconoce que aquel día entraron en Maracaná cerca de 220.000 personas. Antes del partido, la torcida quemaba fuegos artificiales, y Rio de Janeiro era una fiesta descomunal. Todo estaba preparado, sólo quedaba esperar al pitido final del inglés George Reader para celebrar el campeonato.
La primera parte concluyó con empate a cero, resultado que le servía a Brasil. La fiesta no había decaído pese a que el equipo local aún no había conseguido adelantarse en el marcador. Lejos de decaer, Maracaná estalló cuando, a los dos minutos de la reanudación, Friaca conseguía el 1-0. Ahora sí, la Copa Jules Rimet estaba más cerca que nunca. El capitán uruguayo, el “Negro” Varela, trató entonces de enfriar la caldera que en aquel momento era el estadio. Cogió el balón en sus manos, y se dirigió al árbitro para protestarle por el gol. Varela, como años después reconoció, sólo intentaba una maniobra de despiste. Sabía perfectamente que el gol había sido legal, pero tenía que frenar el ímpetu de los brasileños, que habían salido tras el descanso de forma avasalladora, y sobre todo intentar enfriar a la ruidosa grada de Maracaná. Varela consiguió demorar la reanudación del partido dos minutos, suficiente para que los jugadores brasileños se desesperasen preguntando qué era lo que sucedía. Con ingenio, había conseguido trasladar el nerviosismo al bando rival.
Habían pasado veinte minutos del gol carioca cuando apareció la figura del partido, Alcides Gigghia. El hombre que ya en su vejez declaró que era, "junto a Frank Sinatra y el Papa, la única persona en el mundo que había sido capaz de silenciar Maracaná" fue quien, después de driblar a Bigode y penetrar hasta la línea de fondo, largó un centro a Schiaffino para que consiguiese el empate con una bonita volea a media vuelta. Maracaná enmudeció, pero el resultado seguía siendo favorable a los intereses de Brasil. Tanto, que Jules Rimet, Presidente de la FIFA, bajó a los vestuarios para preparar su discurso y la entrega del trofeo al equipo anfitrión. Lo que Jules Rimet no imaginaba era lo que sucedería a once minutos del final del partido. De nuevo los mismos protagonistas, Gigghia frente a Bigode, y de nuevo el charrúa dejando atrás al defensa brasileño. Esta vez no se escoró tanto como para tener que buscar el centro, sino que en su fugaz carrera fue buscando la portería de Barbosa hasta adentrarse en el área. Desde allí, con un violento zapatazo raso, ajustado a la base del poste izquierdo de Barbosa, consiguió el que sería el gol definitivo del Maracanazo. El meta brasileño no llegó al ajustado disparo de Gigghia, el balón se coló por el primer poste, y Barbosa tuvo que aguantar hasta el día de su muerte la responsabilidad de haber encajado aquel gol. La Historia nunca fue justa con el portero de Brasil, que durante décadas fue recordado como el culpable de aquella derrota.
Brasil, con toda su artillería sobre el campo, intentó hasta el final conseguir al menos un empate que le permitiese hacer realidad los sueños de aquellas 220.000 personas. Pero la tragedia se consumó, y Uruguay, contra todo pronóstico, conseguía una victoria que le convertía en Campeón del Mundo por segunda vez en su Historia. Obdulio Varela confesaría después que “si jugamos este partido cien veces, lo perdemos cien veces”. Lo que ocurrió aquel día fue, a la vez que imprevisto, también inexplicable.
Maracaná enmudeció, la gente abandonó las gradas, unos en silencio y otros con llanto. Las celebraciones previstas quedaron suspendidas para siempre, y la derrota tomó tal cariz dramático que incluso hubo hinchas que se suicidaron después del partido. Abajo, en el campo, cuentan que podían escucharse los gritos de alegría de la expedición uruguaya, en contraste con el sepulcral silencio de Maracaná. Los charrúas, sabedores de la trascendencia de la derrota para el rival, evitaron los excesos de efusividad, e incluso no llegaron siquiera a dar la vuelta olímpica. La ceremonia de entrega del trofeo, con las gradas ya semivacías y los brasileños llorando su derrota en el vestuario, se redujo simplemente a eso, una entrega de la estatuilla, casi a escondidas, que Jules Rimet le hizo a Obdulio Varela.
El 16 de Julio de 1950 se convirtió en una fecha maldita para Brasil. El Maracanazo ha sido, desde entonces, sinónimo de tragedia y desastre. La Confederación Brasileña de Fútbol decidió, a partir de aquella fecha, que la equipación oficial de la selección cambiase de colores. Se abandonó definitivamente el color blanco con el que vistió Brasil hasta 1950, y se adoptaron los colores amarillo y verde que fueron el origen de la “Canarinha”. Los brasileños estuvieron dos años sin jugar un solo partido. Tras reponerse del desastre, con el paso de los años, Brasil se convirtió en la mejor selección de todos los tiempos, habiendo conseguido a día de hoy cinco campeonatos Mundiales.
Sin embargo, para Uruguay el Maracanazo significó su segundo cetro mundial, y su punto más álgido. Curiosamente, y opuestamente a su rival aquel día, comenzó un camino descendente que le haría dejar de ser una de las potencias del fútbol mundial.

3 comentarios:

  1. vaya palo
    lo que no sabia era lo de la camiseta blanca que la cambiaron por eso..

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  2. supongo que brasil al perder con holanda van a querer suicidarse

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